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Cuaresma
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La Fiesta más
importante para los cristianos es la Pascua, cuando Dios Padre, en el poder del
Espíritu resucita a Jesús de entre los muertos y rompe para siempre los poderes
de pecado y muerte. Como cristianos participamos en esta victoria por el
Espíritu recibido en el bautismo. De ahí, la Pascua y el bautismo están siempre
estrechamente ligados. La Cuaresma nos prepara para participar plenamente en los
misterios de la Pascua y para renovar nuestras promesas bautismales.
El Miércoles de
Ceniza comenzamos la Cuaresma, un período formal de cuarenta días de oración y
penitencia. Nos hace más conscientes del pecado arraigado en el corazón y cómo
mis pecados personales aumentan el pecado del mundo. Solamente la victoria de
Jesús nos libra del dominio del pecado. Cuaresma es un tiempo de ayuno, oración,
penitencia, limosna en el cual nos separamos de la bulla, la fiesta y otras
actividades que distraen. Nos esforzamos crecer como cristianos, atendiendo a
las consecuencias del bautismo y conscientes de la necesidad de dar buen ejemplo
a los catecúmenos que están por bautizarse el Sábado de Gloria.
Miércoles de Ceniza los fieles que inician su Cuaresma se acercan para recibir
la señal de la cruz, trazada en cenizas, en su frente, un signo tangible de su
pecado personal y su participación en el pecado del mundo. Se oyen las palabras
“Arrepiéntete y cree en el evangelio”, o “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”. Las cenizas vienen de las ramas de palma del año pasado, mezcladas
con unas gotas de aceite para formar una pasta.
Celebramos Miércoles de Ceniza 46 días (40 días, sin contar los domingos) antes
de la Pascua, cuya fecha de celebración se va variando cada año, según el ciclo
lunar. Siempre sigue la primera luna llena de la primavera. Cuarenta es un
número cargado de simbolismo. Pensamos en Noé y los cuarenta días y noches de
lluvia, en Moisés los 40 días en la montaña con Dios, en los hijos de Israel
errando por 40 años en el desierto, en la caminata de 40 días que hizo Elías a
la montaña de Dios, en los 40 días que Jesús fue tentado en el desierto. Los
cristianos, fortalecidos por el ejemplo de Jesús y el poder del Espíritu,
imitamos su estadía en el desierto, examinando con sobriedad nuestro actuar.
Nos ayudan el ayuno y la abstinencia.
Todo católico entre 18 y 59 años ha de ayunar el
Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. AYUNAR
QUIERE DECIR COMER UNA SOLA COMIDA COMPLETA CADA
DÍA. Se nos permitir tomar algo ligero (menos de
una comida completa) por la mañana o por la
tarde. Es muy de alabar ayunar en todos los días
feriales de Cuaresma, pero jamás en el domingo,
que siempre nos inspira el gozo del Señor
Resucitado. Siempre, en casos graves, se puede
optar por no ayunar por razones de salud o las
exigencias del trabajo.
Además todo católico de más de 14 años de edad
debe abstenerse de carne el Miércoles de Ceniza,
el Viernes Santo, y TODOS LOS VIERNES de
Cuaresma. NOS ABSTENEMOS DE COMER CARNE, pero se
nos permite comer de animal huevos, productos
lácteos y condimentos hechos de su grasa.
Ayunamos para crear
un vacío en el cuerpo, para dominar el apetito. Nos recuerda del vacío que hay
en el alma, que sólo se llena con Dios. El ayuno me quita las escamas del ojo
para ver el pecado: tantos que se hartan, otros que mueren de hambre; la
mercadotecnia que induce esta condición. En solidaridad, la oración que nace del
ayuno es por todos los hambrientos, también por los adictos que no pueden
apartarse del deseo que les domina. Pedimos que Dios nos fortalezca la voluntad
y nos transforme el corazón.
Las
cuatro columnas de Cuaresma son el ayuno, la penitencia, la oración, la limosna.
Nos conviene tomar tiempo para oración y lectura diaria, asistir a misa cuando
es posible, ayunar con frecuencia, hacer penitencia. Si nos apremia el tiempo y
no nos permite la energía psíquica para estas actividades, siempre podemos
apartar diariamente una suma de dinero para dar a los pobres. Manchados por el
pecado, Cuaresma nos hace solidarios en la Redención.

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